Tribu virtual

Territorio de conexiones y de encuentros

“…el tiempo está escapando por el agujero”. (U. K. Le Guin)


Cualquier universo nacido tiene una herida por la que mana irremediablemente el tiempo.

Los pseudo-mecanicistas suponen que un alambique conectado a la boca del desgarro condensa eternidad por destilación de cada instante derramado. Que así no lo es en vano, quedando la conciencia del universo tal cual la de David: sin estorbo ni remordimiento.

Los góticos en cambio, creen que otro universo vampiriza al nacido y se conserva a sus expensas (produciéndole con la mordida alguna clase de éxtasis, cuya descripción omitiré por respeto a las buenas costumbres).

Los simplones de siempre sostienen por su parte que es una cuestión de perspectiva. Que no se trata de uno, sino de dos universos –gemelos-, uno arriba del otro, conectados en su vértice por una estrecha fisura. Lo que de un lado es éxodo, del otro es retorno. Y que a cargo de aquel cosmos inversamente especular, hay un relojero magnífico que revierte el artificio antes de que se precipite el último segundo.

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valeria Comentario de valeria el noviembre 9, 2009 a las 9:08pm
«Duermo y despierto.
Del otro lado de mí, más atrás de dondo yazgo, el silencio de casa toca lo infinito. Oigo caer el tiempo, gota a gota, y ninguna gota que cae se deja oir. La memoria me oprime físicamente el corazón físico; la memoria, reducida a nada, de todo cuanto fue o fui. Siento la cabeza materialmente hundida en la almohada, allí la he puesto como un valle entre montañas. La piel de la funda tiene con mi piel un contacto de gente a oscuras. Incluso la oreja, sobre la que me apoyo, se me incrusta en el cerebro. Pestañeo de cansancio, y mis pestañas producen un sonido pequeñisimo, inaudible, en la blancura sensible de la almohada erguida. Respiro, suspiro, y mi respiración sucede – no es mía. Sufro sin sentir ni pensar. El reloj de la casa, sitio inequívoco al fondo de las cosas, da la media hora seca y nula. ¡Todo es tanto, todo es tan hondo, todo es tan negro y tan frío!
Paso el tiempo, paso silencios, mundos sin forma pasan por mí.
Súbitamente, como un niño del Misterio, un gallo canta sin saber de la noche. Puedo dormir, porque en mí amaneció. Y siento que mi boca sonríe, alterando levemente los pliegues blandos de la funda que se adhiere a mi rostro. Puedo dejarme llevar por la vida, puedo dormir, puedo ignorarme... Y, a través del sueño nuevo que me oscurece, o recuerdo el gallo que cantó, o es él, de veras, quién canta por segunda vez.»

(Fernando Pessoa, del Libro del desasociego)

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