“…el tiempo está escapando por el agujero”. (U. K. Le Guin)
Cualquier universo nacido tiene una herida por la que mana irremediablemente el tiempo.
Los pseudo-mecanicistas suponen que un alambique conectado a la boca del desgarro condensa eternidad por destilación de cada instante derramado. Que así no lo es en vano, quedando la conciencia del universo tal cual la de David: sin estorbo ni remordimiento.
Los góticos en cambio, creen que otro universo vampiriza al nacido y se conserva a sus expensas (produciéndole con la mordida alguna clase de éxtasis, cuya descripción omitiré por respeto a las buenas costumbres).
Los simplones de siempre sostienen por su parte que es una cuestión de perspectiva. Que no se trata de uno, sino de dos universos –gemelos-, uno arriba del otro, conectados en su vértice por una estrecha fisura. Lo que de un lado es éxodo, del otro es retorno. Y que a cargo de aquel cosmos inversamente especular, hay un relojero magnífico que revierte el artificio antes de que se precipite el último segundo.
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