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Cambio de armario

Félix J. Palma

No hay mejor fuga que permanecer en el sitio donde uno está encerrado, se dijo para darse ánimos mientras se introducía en la maleta. Tuvo que plegarse a conciencia, rentabilizando todas las articulaciones de su cuerpo, como si se tratara de una tumbona de playa, pero lo más difícil fue cerrar la tapa desde dentro. Una vez lo logró, trató de relajarse pese a lo alambicado de la postura, de sentirse cómodo allí, entre los bikinis de Teresa.

La idea se le había ocurrido tres meses atrás, cuando los primeros balbuceos de verano advirtieron a su mujer de que había llegado el momento de cambiar el armario. Por no encaramarse al altillo, él hubiese continuado unas semanas más con el abrigo y la bufanda, pero Teresa anhelaba el primer barrunto de canícula para envolverse en la levedad de sus trajecitos de verano, para dibujarse ahora con precisión después de haberse pasado el invierno tan difuminada. Así que no le quedó más remedio que buscar la escalera de mano y trepar por ella de mala gana, en pos del maletón que contenía el ajuar veraniego. Como era de esperar, el bulto se hallaba incrustado en un rebujo de cachivaches, por lo que tuvo que extraerlo a tirones, como quien ayuda en el parto de un ternero.

Cuando lo consiguió, depositó el maletón sobre el lecho matrimonial, pero le faltó coraje para abrirlo. ¿Qué ley cósmica le garantizaba que su ropa continuase tal cual la dejó en el interior de la maleta? Era mucho más lógico pensar que en aquella intimidad, con todo un año de convivencia, las prendas se hubiesen entregado a toda suerte de aberraciones. Por eso le sorprendió que todo estuviese intacto cuando Teresa, harta de sus titubeos, abrió la maleta y procedió a exhumar su contenido entre muecas melancólicas. Desde la última vez que él había lucido aquellas bermudas que ahora regresaban a sus manos habían pasado muchas cosas. Se preguntó si seguiría siendo capaz de recorrer las playas ostentando aquellos delirantes estampados con la misma inconsciencia del verano anterior. De golpe se encontró mayor, menos chulo y más cansado, terriblemente avejentado en comparación con la graciosa prenda.

Fue en ese instante cuando se le ocurrió el plan. Consciente de que debía llevarlo en secreto, continuó sacando su ropa como si nada. Tan sólo una sonrisa golfa le desbarataba de tanto en tanto la cansina expresión, porque ahora se trataba únicamente de dejarse llevar sin revelar impaciencia, de soportar los meses de verano lo mejor posible, de esperar su momento tumbado como uno más al borde de las olas. Cuando llegó septiembre y los inacabables atardeceres del verano empezaron a escurrirse con una urgencia desoladora por el canalón del horizonte, supo que su partida estaba cerca y dedicó al mundo una mirada compasiva. Teresa no tardó en dar la orden inversa a la que había dado a comienzos de verano, pero esta vez él se encaramó al altillo sin una sola queja, y ambos se entregaron a la tarea de volver a cambiar el contenido de la maleta como si encontraran una inmensa felicidad en las simetrías de la vida.

Aprovechó un descuido de Teresa para llevar a cabo su fuga, para huir sin irse. Casi estuvo a punto de abortar su plan cuando, tras llamarlo a gritos durante unos minutos, la sintió tomar la maleta y restituirla al altillo emitiendo unos resoplidos que lo conmovieron, pero una extraña convicción le hizo continuar con su proyecto. Desde allí, aguzó el oído, atento al discurrir de la vida fuera de su escondite. Durante un par de días, sólo escuchó el silencio paciente de la espera, como si su mujer hubiese confundido su ausencia con la tardanza: a veces le costaba encontrar aparcamiento. Sin embargo, cuando el montón de días transcurrido comenzó a parecerse sospechosamente a una semana, Teresa vio llegada la hora de barajar otras hipótesis: secuestro, huida, desintegración espontánea... La oyó entonces coger el teléfono y empezar a remover el mundo, como hacía con su monedero cuando quería encontrar algo, por si él caía gracias al zarandeo. Pero todo fue inútil, y no tardó en perder las esperanzas.

Cada noche él oía su llanto de viuda imperfecta, dudando si salir de la ultratumba, hasta que una noche, porque nada hay en este mundo imprescindible, la risa suplantó al sollozo. Hasta el altillo ascendieron entonces, con una nitidez cruel, los sonidos que produce la necesidad mamífera de cariño. Aún así no quiso abandonar su escondite, ni esa noche ni todas las que siguieron. ¿De qué le serviría volver a ocupar un lugar que cualquiera podía llenar?

Resultó de lo más embarazoso cuando, al llegar junio, Teresa y su amante abrieron la maleta para cambiar el armario. Durante su reclusión, él se había entretenido elaborado múltiples retratos robots del otro, pero nunca se lo había imaginado a su imagen y semejanza. Por eso le sorprendió el parecido de hermanos que mostraba con el desconocido que ahora ocupaba su lecho: los mismos rasgos de hombrecito aprensivo, el mismo color de pelo, el bigote insulso como un manchón de chocolate sobre la cornisa labial... En lo único en que se diferenciaban era que el desconocido tenía como un aire de zapato deformado por el uso, parecía más manoseado, como si fuese un invierno más viejo. Salió de la maleta y lo vio entrar a él, como vuelven las flores al vientre de la tierra, como vuelven las golondrinas y los bumerán, inmersos en ese ciclo de renovación y muerte en el que el universo está atrapado.



Félix J. Palma

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Quiero que conste en acta.

Acta.


En nombre de quienes lavan ropa ajena
(y expulsan de la blancura la mugre ajena).
En nombre de quienes cuidan hijos ajenos
(y venden su fuerza de trabajo
en forma de amor maternal y humillaciones).
En nombre de quienes habitan en vivienda ajena
(que ya no es vientre amable sino una tumba o cárcel).
En nombre de quienes comen mendrugos ajenos
(y aún los mastican con sentimiento de ladrón).
En nombre de quienes viven en un país ajeno
(las casas y las fábricas y los comercios
y las calles y las ciudades y los pueblos
y los ríos y los lagos y los volcanes y los montes
son siempre de otros
y por eso está allí la policía y la guardia
cuidándolos contra nosotros).
En nombre de quienes lo único que tienen
es hambre explotación enfermedades
sed de justicia y de agua
persecuciones condenas
soledad abandono opresión muerte.
Yo acuso a la propiedad privada
de privarnos de todo.

Roque Dalton

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Moni, tocaya....me encantó el poema "Acta", muchas gracias por compartirlo, lo subí a mi blog.

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Querida Mònica:

Me alegra de este encuentro con vos compartiendo belleza en prosa, ademàs de compartir un nombre.

La denuncia contenida en la poesìa de Roque conmueve..

Y Mario Benedetti le escribiò a èl:

A Roque


Llegaste temprano al buen humor
al amor cantado
al amor decantado
llegaste temprano
al ron fraterno
a las revoluciones
cada vez que te arrancaban del mundo
no había calabozo que te viniera bien
asomabas el alma por entre los barrotes
y no bien los barrotes se afojaban turbados
aprovechabas para librar el cuerpo
usabas la metáfora ganzúa
para abrir los cerrojos y los odios
con la urgencia inconsolable de quien quiere
regresar al asombro de los libres
le tenías ojeriza a lo prohibido
a las desgarraduras para ínfula y orquesta
al dedo admonitorio de algún colega exento
algún apócrito buen samaritano
que desde europa te quería enseñar
a ser un buen latinoamericano
le tenías ojeriza a la pureza
porque sabías cómo somos de impuros
cómo mezclamos sueños y vigilia
cómo nos pesan la razón y el riesgo
por suerte eras impuro
evadido de cárceles y cepos
no de responsabilidades y otros goces
impuro como un poeta
que eso eras
además de tantas otras cosas
ahora recorro tramo a tramo
nuestros muchos acuerdos
y también nuestros pocos desacuerdos
y siento que nos quedan diálogos inconclusos
recícrocas preguntas nunca dichas
malentendidos y bienentendidos
que no podremos barajar de nuevo
pero todo vuelve a adquirir su sentido
si recuerdo tus ojos de muchacho
que eran casi un abrazo casi un dogma
el hecho es que llegaste
temprano al buen humor
al amor cantando
al amor decantado
al ron fraterno
a las revoluciones
pero sobre todo llegaste temprano
demasiado temprano
a una muerte que no era la tuya
y que a esta altura no sabrá que hacer
con
tanta
vida.

Mario Benedetti.

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